Cómo acompañar sus preocupaciones sin convertir el cuidado del planeta en una nueva carga.
Hay preguntas infantiles que desarman porque uno no sabe muy bien qué responder. Lucas, de diez años, hizo una de ellas este verano mientras cenaba con sus padres. En la televisión aparecían imágenes de un incendio forestal: bomberos, vecinos abandonando sus casas y un cielo completamente naranja.
—Papá, ¿esto algún día puede pasar aquí? Su padre intentó tranquilizarlo.
—No pienses en eso. Son cosas que salen en las noticias.
La respuesta no le convenció demasiado. Días después, tras ver unas inundaciones, volvió a preguntar:
—¿Y si cuando yo sea mayor el clima está mucho peor?
Cada vez más niños escuchan hablar de olas de calor, incendios, sequías, contaminación o falta de agua. Lo oyen en el colegio, aparece en televisión y, cuando crecen, también lo encuentran constantemente en redes sociales. Existe incluso una palabra para describir la preocupación que todo ello puede provocar: ecoansiedad.
No tiene por qué significar que exista un trastorno psicológico. Muchas veces es una reacción comprensible ante problemas que los niños perciben como enormes y que, además, afectan directamente al futuro que imaginan. Pero una cosa es conocer la realidad y otra muy distinta colocar sobre sus hombros la responsabilidad de resolverla.
Ahí comienza el papel de las familias.
Después de aquellas preguntas, los padres de Lucas comprendieron que su primera reacción quizá no había sido la mejor. Habían tratado de tranquilizarlo negando una preocupación que para él era verdadera. “No pasa nada”, “no pienses en eso” o “eso ocurre muy lejos” son frases bienintencionadas, pero pueden provocar que el niño continúe teniendo miedo.
Una tarde, su madre salió a pasear con él y le preguntó qué era exactamente lo que le preocupaba. Lucas terminó confesando que había pensado varias veces que, cuando fuera mayor, “el mundo estaría estropeado”.
Su madre no dramatizó ni le aseguró que nada malo ocurriría. Le explicó que existen problemas reales, pero también muchísimas personas trabajando para solucionarlos. Científicos, agricultores, bomberos, investigadores y ciudadanos que cada día intentan hacer las cosas mejor. Entonces Lucas hizo otra pregunta:
—¿Yo puedo hacer algo?
Sí. Pero un niño de diez años no tiene que salvar el planeta. Puede cuidar una planta, aprender a no desperdiciar agua, respetar a los animales, aprovechar las cosas antes de sustituirlas, no tirar basura o acompañar a sus padres a descubrir un bosque. Son acciones pequeñas que no deberían nacer del miedo, sino del vínculo.
Porque existe una diferencia enorme entre decir a un niño: “Haz esto porque estamos destruyendo la Tierra” y enseñarle: “Mira qué hermoso es esto; merece que lo cuidemos”.
Ocho siglos antes de que utilizáramos palabras como sostenibilidad o cambio climático, San Francisco propuso una forma diferente de relacionarse con cuanto nos rodea. No contemplaba la naturaleza como algo ajeno puesto únicamente a nuestro servicio. Se sentía parte de ella.
En el Cántico de las criaturas escribe: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra». Hay mucho contenido en esas pocas palabras. Si la creación deja de ser simplemente una cosa que utilizamos y se convierte en algo cercano, la relación cambia. Aparece el cuidado. Quizá ahí exista también una pista para educar. Antes de enseñar a un niño a proteger la naturaleza, permitámosle disfrutarla. Que toque la corteza de un árbol, plante una semilla, observe un hormiguero, descubra un río o se quede mirando una puesta de sol.
En casa de Lucas hicieron algo muy sencillo. Colocaron varias plantas aromáticas en la terraza y él escogió una albahaca. Durante semanas recordó regarla. Cuando aparecieron las primeras hojas nuevas llamó a su madre como si hubiera ocurrido algo extraordinario.
Estar informado es positivo; vivir rodeado de imágenes de catástrofes no lo es. Y si la preocupación comienza a afectar al sueño, al colegio o a su vida cotidiana, habrá que prestarle más atención.
Pero antes tenemos una herramienta mucho más sencilla: conversar. No necesitamos saber todas las respuestas. Podemos incluso reconocerlo: “No lo sé, vamos a averiguarlo juntos”. Un niño no espera de sus padres un tratado sobre climatología. Busca seguridad.
Nuestros hijos crecerán en un mundo con problemas ambientales reales. Ocultárselos tendría poco sentido. Necesitan conocer la realidad sin perder la esperanza.
Lucas todavía pregunta algunas veces por los incendios. Pero ahora también pregunta cuándo volverán al monte donde estuvo este verano. Quiere comprobar si el pequeño arroyo donde encontró renacuajos sigue llevando agua. Tal vez esa sea una respuesta mucho más franciscana de lo que parece.
Porque nadie cuida de verdad aquello que únicamente teme perder.
Cuidamos aquello que sentimos cercano. Aquello que hemos conocido, disfrutado y, de alguna manera, aprendido a querer.
Laura B. (Psicología fácil para la familia)
Capuchinos Editorial (2026-10)