Hace tres años comenzamos una de las aventuras más bonitas y emocionantes de nuestra vida profesional: abrir las puertas del Aula Corazón, el aula específica TEA de nuestro colegio. Lo hicimos con ilusión, nervios, energía y muchísimas ganas de crear un lugar donde nuestros alumnos pudieran sentirse seguros, comprendidos y queridos.
Con el paso del tiempo hemos descubierto que los mayores logros no siempre son los más visibles. A veces, las conquistas más importantes se esconden detrás de pequeños gestos que para muchos podrían parecer simples, pero que para nosotros significan el mundo entero.
A lo largo de estos tres años, hemos celebrado muchas progresos: la primera palabra que dijeron con intención y funcionalidad; la primera vez que consiguieron realizar una tarea sin ayuda; la emoción de escuchar a sus profes que habían estado tranquilos y felices en sus aulas de referencia; el primer baile realizado sin necesidad de apoyo; la primera sílaba leída; la primera palabra escrita; las primeras sumas y restas o la primera vez que pronunciaron nuestros nombres.
Pero, por encima de todo, lo que más nos emociona es verles felices. Ver cómo llegan al colegio tranquilos, seguros y contentos. Cómo recorren los pasillos saludando a las personas que forman parte de su día a día. Cómo sienten el colegio como suyo, como un lugar al que pertenecen y donde pueden ser ellos mismos. Nos emociona especialmente comprobar cómo, poco a poco, nos necesitan menos. Porque el verdadero objetivo siempre ha sido ese: ayudarles a crecer con autonomía, seguridad e independencia.
Cada pequeño avance es el resultado de muchísimo esfuerzo, paciencia, constancia y cariño. Detrás de cada paso hay días fáciles y días difíciles. Hay momentos en los que pequeños cambios en la rutina pueden desestructurar completamente su mundo. Hay días en los que su “volcán interior” estalla y necesitan más ayuda para volver a encontrar la calma. Y es precisamente ahí donde comprendemos la importancia de acompañar sin juzgar.
Si algo hemos aprendido durante estos años es que los niños entienden mucho mejor la diversidad que los propios adultos. Cada día, sus compañeros de aula nos dan auténticas lecciones de inclusión: les esperan y buscan para jugar; adaptan sus juegos para que también ellos puedan participar; les saben acompañar cuando ellos necesitan tranquilidad y, sobre todo, les cuidan desde la naturalidad más sincera. Mientras los adultos buscamos explicaciones, sus compañeros simplemente acompañan.
Sus compañeros reconocen que todos tenemos días difíciles. En esas ocasiones actúan con mayor serenidad: les dedican más tiempo, les ofrecen más calma o más ayuda. Y, aun así, siempre encuentran la manera de incluirles, protegerles y hacerles sentir uno más.
Desde 2023, nuestro colegio es centro preferente TEA, lo que significa que contamos con un aula específica destinada a alumnado con Trastorno del Espectro Autista. Un espacio donde normalmente conviven cinco alumnos junto a dos profesionales que trabajan cada día para ofrecerles los apoyos que necesitan, respetando siempre sus ritmos, capacidades y necesidades individuales.
Pero a lo largo de estos años también han pasado por nuestra aula otros niños que, aun sin pertenecer oficialmente a ella, han encontrado aquí apoyo, comprensión y acompañamiento. Todos ellos nos han dejado una huella imborrable. Uno de los momentos más especiales del curso es la celebración del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo: un día en el que todo el colegio se une para dar visibilidad al trastorno del autismo y seguir construyendo una escuela más inclusiva, más empática y más humana. Porque creemos firmemente que conocer la diversidad es el primer paso para comprenderla y respetarla. En el Aula TEA descubrimos el mayor aprendizaje de todos: entender que educar es acompañar desde el corazón.
Patricia Gracia y Claudia Cagigal, docentes del “Aula corazón” del Colegio Sagrado Corazón, Madrid.