Cada año, los alumnos de Bachillerato de dos colegios capuchinos de España, el Colegio Usera de Madrid y la Escuela Profesional San Francisco de León, se calzan las botas, se ajustan las mochilas y se disponen a recorrer a pie los últimos cien kilómetros del Camino de Santiago.
Lo que en apariencia es una actividad escolar más, se convierte, paso a paso, en una experiencia profundamente humana y espiritual. El Camino invita a una forma distinta de comprender la vida y la fe, ya que te ofrece el espacio, el tiempo y el silencio necesario para que puedas pausar la mirada y conectar con lo que te rodea y contigo mismo.
Para muchos jóvenes, acostumbrados a un mundo rápido, digital y lleno de estímulos, la peregrinación supone un desafío. La dureza física, el cansancio acumulado, el frío, el calor, la lluvia, el dolor, las cuestas inesperadas, actúan como un espejo que revela límites, pero también capacidades desconocidas y es justamente en ese esfuerzo compartido donde los alumnos descubren una fuerza interior que nace de la constancia, la humildad y la apertura.
En realidad, no es el Camino, sino el movimiento que imprimes en él lo que sostiene toda la experiencia.
Hacer algo que aparentemente carece de sentido pero que consigue sacar lo mejor de ti, logra que te sientas bien, en equilibrio, en paz.
El caminar diario permite que afloren preguntas profundas: ¿Qué busco? ¿Qué quiero agradecer? ¿Qué cargas necesito dejar atrás? Lejos de sus rutinas, los jóvenes aprenden a escuchar no solo con los oídos, sino también con el corazón y en ese espacio interior, la espiritualidad franciscana encuentra terreno fértil.
San Francisco de Asís, peregrino incansable y hermano de todo lo creado, inspira este modo de caminar.
Su mirada sencilla ayuda a redescubrir la naturaleza como un lugar de encuentro con Dios: el murmullo del bosque, la luz de la mañana, el viento que acompaña en los tramos más difíciles, la sensación de no poder más y sin embargo seguir adelante... Los alumnos van comprendiendo que la creación no es un mero escenario, sino un aula abierta donde la fraternidad con la tierra y con los demás adquiere un significado que casi se puede tocar.
Asimismo, la experiencia fortalece la dimensión comunitaria. La peregrinación enseña que nadie avanza solo: el paso se armoniza con el del hermano, el cansancio se aligera al compartirlo, y la meta adquiere sentido cuando se alcanza juntos. La comunidad capuchina encuentra en esta dinámica una expresión viva de sus valores: caminar con sencillez, servir sin protagonismos y celebrar cada pequeño avance.
Al llegar a Santiago, no solo culmina una ruta física; descubren un modo diferente de mirar la vida.
El Camino les revela que la fe no es solo un conjunto de ideas, sino un sendero que se recorre con paciencia, gratitud y esperanza; y que, como enseñó San Francisco, la alegría nace precisamente de esa entrega sencilla que convierte cada paso en una oportunidad de encuentro.
M. Herrero, profesora de la Escuela Profesional San Francisco de León